El mundo tras los 80:
Neoliberalismo y
Multipolaridad
El mundo ha cambiado radicalmente en las
tres últimas décadas. Tras el colapso del Bloque del Este y el consiguiente fin
de la Guerra Fría, Estados Unidos quedó como única superpotencia y las
oportunidades que ante la nación americana se presentaban eran las más
favorables desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Mercados enormes se
volvían accesibles a las empresas occidentales y un nuevo sistema económico
abría paso a la globalización de personas y capitales: el neoliberalismo.
El neoliberalismo se ha convertido en la
doctrina económica a seguir por cualquier país que quiera participar
activamente en el escenario internacional. Organismos transnacionales como el Fondo
Monetario Internacional o el Banco Mundial han promovido en el mundo la
aplicación de medidas de libre mercado y la no intervención económica por parte
de los estados para asegurar un mercado global estable que garantice el buen
rendimiento de las grandes empresas multinacionales y la estabilidad de
divisas.
En este panorama multipolar de la era
posterior a la Guerra Fría las naciones compiten entre sí por atraer a las
grandes multinacionales para que inviertan en ellas y así puedan prosperar
económicamente. El mundo globalizado requiere de facilidades para el libre
comercio y la disputa en el mercado consiste en rebajar lo más posible la
presión fiscal sobre las grandes
empresas y fortunas y en flexibilizar las condiciones de contratación y
despido.
Sin embargo, este estadio global no se comenzó
a fraguar tras la caída del Bloque del Este, sino que ya se venía anticipando
en algunos países que adoptaron unas determinadas medidas de libre mercado a
ultranza: los llamados "laboratorios" del neoliberalismo, siendo el
primero en aplicar la totalidad de sus tesis el Chile del general Augusto
Pinochet.
Por otra parte, si nos remontamos más
atrás, fue en la época del "Período de Entreguerras", durante la Gran
Depresión de los años 30, cuando se acuñó el término del neoliberalismo y con
un significado muy distinto al que hoy tiene. El Crack del 29 tuvo una gran
influencia en el cambio de mentalidad con respecto al capitalismo que llevó a
cabo el pueblo americano. El liberalismo clásico fue puesto en entredicho. La
especulación bursátil había desencadenado la más grave crisis de la historia
desde el Crack de la Bolsa de Viena del 1873 y entre la intelectualidad
política progresista se empezaron a demandar cambios que reformasen el sistema
económico. Al margen del comunismo y el fascismo, los autodenominados
neoliberales de aquélla época abogaban por una "tercera vía" que
diese al estado potestades de control e intervención sobre la economía.
Intelectuales liberales de la talla de Walter Lippmann consideraban que el
liberalismo laissez- faire había
fracasado y que la economía debía ser dirigida y regulada por el estado siempre
en un marco de libre mercado. No obstante, no todos los presentes en aquella
conferencia estuvieron de acuerdo con esta concepción intervencionista de la
economía.
·
Postulados
del pensamiento neoliberal. Hayek, Friedman y la Escuela de Chicago
Friedrich Hayek, economista austriaco de la liberal
Escuela de Viena, fue un firme opositor a las tesis keynesianas
intervencionistas desde el mismo momento de su discusión en ambientes
universitarios. Hayek, en su obra más famosa Camino de Servidumbre, postulaba que este tipo de políticas siempre
llevaban al totalitarismo, especialmente el socialismo. Por esta razón, todo
proceso político que tienda a controlar y planificar la economía es erróneo y
es contrario a las libertades.
Defendía que los precios fuesen producto de la
libertad de oferta y demanda, contraponiéndolo a cualquier tipo de
planificación, ya que para él, de ese modo, el mercado era el mejor instrumento
para distribuir los recursos pero que, si se planificaba, los precios no serían
el reflejo de los recursos de un país, ya que estos no resultarían tan eficaces
y a largo plazo acabaría siendo contraproducente.
A lo largo del tiempo, Hayek comparó cualquier tipo
de planificación con los nazis y los soviéticos, y afirmaba que éste sería el
final de la libertad si se aplicaban este tipo de medidas. Desde su punto de
vista, son tantos los factores que intervenían en la economía que una
planificación efectiva sería imposible, por lo que el sistema de precios era la
mejor opción, siempre y cuando fuese un régimen de libre competencia. Cuando
algo es muy caro es que es escaso, por lo que se tienen que utilizar las
energías y los recursos en función de esa realidad. Hayek, a lo largo de su
obra, combatió los postulados económicos planificadores ya que coartaban la
libertad individual y dejaban al individuo a merced de las decisiones del Estado,
lo que para Hayek era una forma de totalitarismo similar a la que aplicaron los
nazis o soviéticos.
Los neoliberales
crean un marco teórico, mientras que Keynes busca solucionar problemas
concretos de la economía, como las crisis cíclicas y la protección social ante
ellas. La realidad es que siempre hay
agentes económicos que pueden modificar el precio de forma artificial y romper
las condiciones de ese supuesto libre mercado idílico.
Milton Friedman fue la figura más influyente de la
Escuela de Chicago. Sus obras y la difusión de las mismas entre las élites
políticas fueron decisivas a la hora de configurar el actual marco
político-económico global. Friedman logró hacer valer sus ideas en un momento
de grave crisis del modelo keynesiano: la crisis del petróleo de 1973. En un
período calificado de "estanflacionario" (vocablo compuesto por las
palabras estancamiento e inflación), Friedman vio sus predicciones confirmadas:
que, al contrario que el keynesianismo que consideraba que el consumo de un
periodo dependía exclusivamente del ingreso del mismo periodo, Friedman postuló
que este dependía del ingreso permanente, es decir, del ingreso a largo plazo,
de las expectativas de los consumidores en la economía. Los keynesianos
defendían que, conforme más aumentase la inflación, conforme más dinero fuese
puesto en circulación en la economía, la actividad económica aumentaría. Este
planteamiento se vio truncado en 1973 cuando la OPEP subió los precios del
petróleo como protesta por la guerra del Yom- Kipur entre Israel y sus vecinos
árabes. Esta subida afectó duramente a las economías occidentales, que vieron
como los costes de producción de todas sus empresas subían, ya que toda la
industria del transporte de mercancías y la mayor parte de las eléctricas
dependían del petróleo. Todo esto
provocó un fuerte efecto inflacionista y una reducción de la
actividad económica de los países afectados. Fue en esta coyuntura, en esta
crisis del modelo keynesiano cuando los hasta entonces excéntricos (pues se
oponían al keynesianismo en la llamada Era Dorada del capitalismo) neoliberales
como Friedman y Hayek adquirieron importancia. Friedman abogaba por reformas
económicas de carácter monetarista, es decir, quería que los gobiernos limitasen
el crecimiento de la oferta monetaria a una tasa constante y moderada logrando
de ese modo la estabilidad de los precios y la posibilidad de las empresas de
seguir creciendo sin que el dinero perdiese valor, evitando así las crisis
cíclicas del capitalismo keynesiano.
Aparte del monetarismo que defendía Friedman, el
retorno al liberalismo era otro de los pilares fundamentales de su ideología y
para ello se debían aplicar las siguientes medidas en pos de conseguir un libre
mercado desregularizado:
§ Libertad
absoluta de mercados: limitando la reglamentación e intervención estatal al
mínimo, desregulando los mercados en especial el financiero, e impulsando el
abandono de criterios de sustentabilidad ecológica a favor de criterios de
rentabilidad.
§ Privatización o liquidación de los servicios y
monopolios estatales.
§ Intervención sobre las variables macroeconómicas
para evitar déficits presupuestarios y comerciales, reducción de inversiones
sociales.
§ Contención de los salarios en busca de un
competitividad internacional y aumentar la tasa de ganancia del capital.
§ Contrarreforma fiscal, aumentando los impuestos
indirectos, principalmente sobre el consumo (IVA) y disminuyendo los directos
sobre los ingresos altos; promoción de políticas fiscales atractivas para el
capital financiero internacional especulativo.
§ Promoción del comercio orientado hacia las
exportaciones.
· Terapia de choque. Chile, EEUU, Reino Unido y Rusia
Friedman asesoró al presidente Richard Nixon en
asuntos económicos, sin embargo, sus propuestas no fueron seguidas por el
presidente republicano ya que una política económica restrictiva resultaría
impopular para su candidatura en las inminentes elecciones presidenciales, por
lo que aplicó políticas expansivas keynesianas.
Parecía que las ideas de la Escuela de Chicago nunca
llegaban a implementarse hasta que subió al poder en Chile Augusto Pinochet en
un golpe de Estado en 1973. Se derrocó a Salvador Allende, presidente
democráticamente electo que siguió una senda socialista que incluía la nacionalización de ciertos
sectores mineros, como la industria del cobre, hasta entonces propiedad de
grandes multinacionales norteamericanas. Estas decisiones chocaron con los
intereses estadounidenses, que auspiciaron un golpe de estado militar por medio
de la financiación y coordinación de la CIA.
Durante un tiempo, las medidas reactivaron la
economía a la par que las desigualdades sociales se acentuaron. Los efectos
iniciales en la economía chilena fueron graves. El PGB (Producto Geográfico Bruto) cayó en un 12% (es decir, la cantidad
de productos y servicios producidos por Chile disminuyó y aumentó su
dependencia económica con el exterior), la tasa de desempleo creció hasta el
16%, y el valor de las exportaciones se redujo en un 40%. Pero el sistema se
empezó a afianzar a partir de 1977, iniciándose lo que se ha llamado
el "boom", con cifras positivas en muchos ámbitos, pero
con una constante alta tasa de desempleo, siempre cercana al 20%, debido entre
otras cosas, a los despidos masivos de empleados públicos, de funcionarios de
las empresas privatizadas y la pérdida de empleo en los sectores manufacturero
y exportador debido a las políticas cambiarías y de apertura de la economía.
Finalmente, el "boom" económico chileno se
truncó en la crisis de 1982, contraviniendo la tesis de Friedman que afirmaba
que la estabilidad monetaria lograría acabar con las crisis cíclicas del
capitalismo.
Milton Friedman siempre afirmó que, en un marco de
libertad económica real, los regímenes dictatoriales acabarían por desaparecer.
Decía que la democracia y el capitalismo iban estrechamente ligados a pesar de
que, en los años 70, los únicos Estados que aplicaban esas medidas fueron países
dictatoriales de América Latina. El Chile del general Pinochet fue la primero
de ellos, seguida por la participación de ministros de economía friedmanitas en
la dictadura cívico-militar de Uruguay y continuada por la dictadura militar de
Rafael Videla en Argentina. Quedaba patente que las medidas económicas de la
terapia de choque resultaban claramente impopulares y que eran muy complicadas
de aplicar en sistemas democráticos que requiriesen un consenso político. Sin
embargo, en 1979 la declarada friedmanita Margaret Thatcher consiguió mediante
las urnas residir en el nº10 de Dowing Street y dirigir el Reino Unido. Un año
después lo lograría otro neoliberal en la Casa Blanca: Ronald Reagan. Comenzaba
la construcción del Nuevo Orden Mundial.
· El neoliberalismo en democracia. Reagan y Thatcher
La llegada al poder democrático de Ronald Reagan y
Margaret Thatcher trastocó el antiguo orden mundial en todos sus ámbitos. No
sólo cambió el sistema económico capitalista, sino que el mandato de ambos
presidentes y su política de dureza y firmeza contra el comunismo hizo que su
principal valedor, la Unión Soviética, se derrumbase y plegase a las doctrinas
del capitalismo más salvaje. La revolución neoliberal también afectó a la
propia política interna de los países industrializados, sobre todo, a los
partidos tradicionales de izquierdas que tuvieron que claudicar de sus ideas y
adaptarse a las circunstancias llevando a cabo una política pragmática cuyos
únicos esfuerzos se centraban en paliar los efectos sociales más severos del
neoliberalismo. Tan brusco fue el cambio que dieron que, cuando en una
entrevista concedida a Margaret Thatcher pocos años antes de su muerte le
preguntaron acerca de cuál consideraba que había sido su mayor éxito político,
ésta contestó que Tony Blair y Gordon Brown. Blair y Brown, políticos del
neolaborismo con los que consideraba que, gracias a su propia gestión en el
gobierno en los años 80, podría ponerse de acuerdo en términos económicos.
Thatcher había conseguido transformar el tablero político británico gracias a
sus reformas. La revolución conservadora había triunfado.
El programa económico con el que Margaret Thatcher
llegó al poder se basaba en varios puntos: recortar el gasto público, bajar los
impuestos, reducir el número de empresas estatales o paraestatales, desregular
la industria e instaurar una política monetaria de carácter moderado y
restrictivo para combatir la inflación. Los primeros intentos de Thatcher por
aplicar sus reformas se vieron respondidos por intensas huelgas obreras
dirigidas por los sindicatos. La acción sindical fue el mayor enemigo de la
primera ministra, por lo que focalizó sus esfuerzos en combatir las capacidades
de presión que éstos ejercían sobre el gobierno. Poco a poco, a lo largo de su
mandato, fue recortando competencias a los sindicatos, dejando a la clase
obrera sin capacidad de defensa ante las decisiones que se iban tomando en el
parlamento.
En el primer mandato de Thatcher, sus índices de
popularidad fueron bajando conforme el paro aumentaba y las fábricas cerraban
por la deslocalización industrial. A pocos meses de las elecciones que
decidirían su reelección y su más que probable derrota, una crisis nacional
acudió en su ayuda: la Guerra de las Malvinas. La invasión por parte de la
dictadura militar argentina del archipiélago atlántico-austral le dio a la
"Dama de Hierro" la legitimidad
popular necesaria. La victoria total británica en la contienda se tradujo con la
suficiente mayoría parlamentaria para poder aplicar las medidas de la terapia
de choque.
En su segundo mandato, Thatcher sufrió la mayor
huelga sindical de la Historia británica desde 1926. El cierre de enormes minas
públicas desencadenó una serie de protestas obreras que se prolongaron durante
más de un año y que terminaron con la claudicación del sindicato a las demandas
del gobierno y con la anulación de casi todo el poder del que antaño gozaron
los sindicatos. Thatcher aprovechó esta victoria para llevar a cabo las grandes
privatizaciones de las empresas rentables del sector público: se vendió la
industria del acero, el agua, la electricidad, el gas, el teléfono, las
aerolíneas, el petróleo... Privatizó las viviendas públicas, salieron a
concurso los servicios municipales y, finalmente, en 1986, se desregularon los
servicios financieros y la banca. Se le llamó "El Big Bang", el
comienzo de una nueva era, una era de libre mercado y un adelgazamiento del
poder económico de los estados.
Medidas similares adoptó al otro lado del Atlántico Ronald Reagan con, eso sí, menos privatizaciones debido a que el sector público estadounidense nunca se desarrolló hasta los altos estándares europeos. Sin embargo, al igual que Thatcher, redujo el gasto público en protección social, así como los impuestos sobre la renta e impuestos sobre las ganancias de capital, desregularizó las actividades económicas en general y el financiero en particular, medida que suscitó polémica debido a que aún seguía vivo el fantasma de la crisis bursátil de 1929 provocada por la actividad financiera sin límites. Como producto de esta liberalización y desregulación de los mercados, las crisis financieras se multiplicaron, sucediendo la primera de ellas en 1987, conocida como el "Lunes Negro", una de las peores crisis bursátiles de la Historia. Otra muy devastadora sacudió los merados asiáticos en 1997; en el 2000, la Crisis de las puntocom arruinó a muchas empresas tecnológicas; por último, la crisis más devastadora de la Historia del capitalismo desde el Crack del 29, crisis de la que aún hoy, en 2016, padecemos sus efectos, se dio en el 2007, es conocida como la Gran Recesión y fue provocada por la burbuja inmobiliaria mundial y la economía especulativa financiera de alto riesgo que concedía hipotecas a personas que no podían costeárselas y se vendían como productos financieros rentables entre entidades bancarias.
Medidas similares adoptó al otro lado del Atlántico Ronald Reagan con, eso sí, menos privatizaciones debido a que el sector público estadounidense nunca se desarrolló hasta los altos estándares europeos. Sin embargo, al igual que Thatcher, redujo el gasto público en protección social, así como los impuestos sobre la renta e impuestos sobre las ganancias de capital, desregularizó las actividades económicas en general y el financiero en particular, medida que suscitó polémica debido a que aún seguía vivo el fantasma de la crisis bursátil de 1929 provocada por la actividad financiera sin límites. Como producto de esta liberalización y desregulación de los mercados, las crisis financieras se multiplicaron, sucediendo la primera de ellas en 1987, conocida como el "Lunes Negro", una de las peores crisis bursátiles de la Historia. Otra muy devastadora sacudió los merados asiáticos en 1997; en el 2000, la Crisis de las puntocom arruinó a muchas empresas tecnológicas; por último, la crisis más devastadora de la Historia del capitalismo desde el Crack del 29, crisis de la que aún hoy, en 2016, padecemos sus efectos, se dio en el 2007, es conocida como la Gran Recesión y fue provocada por la burbuja inmobiliaria mundial y la economía especulativa financiera de alto riesgo que concedía hipotecas a personas que no podían costeárselas y se vendían como productos financieros rentables entre entidades bancarias.
Todas estas reformas emprendidas por Reagan y
Thatcher resultaron impopulares para un gran sector de la población; sin
embargo, su hábil manejo de las relaciones con Rusia y la predisposición de
Gorbachov a entablar relaciones colocaron a ambos dirigentes anglosajones en el
pedestal de los adalides de la democracia a ojos de la opinión pública al
conseguir que Gorbachov emprendiese reformas democratizadoras.
Finalmente, ya con ambos líderes fuera del poder,
como si de un regalo navideño se tratase, el 25 de diciembre de 1991 se
disolvió la Unión Soviética y los restos de lo que quedaba del antiguo Bloque
del Este se desmoronaron rápidamente y abrazaron la economía de mercado.
La llegada del libre mercado a Rusia llegó de la
mano de Boris Yeltsin, quien las aplicó bajo la batuta de sus consejeros: los
Chicago Boys rusos. Dio comienzo el mayor proceso de privatización en la
Historia de la humanidad. Todo un conglomerado de empresas públicas (toda la
economía soviética) fue puesta en venta a precios de saldo. Grandes empresas
cuyo coste real sería de billones de dólares fueron vendidas por centenares de
miles a personas con contactos privilegiados y bien relacionadas con las
cúpulas de poder del antiguo régimen soviético. Esta red clientelar, dio lugar
a una serie de empresarios multimillonarios con un gran poder económico y
político: los llamados oligarcas. La economía rusa sufría, los índices de
consumo de la población en 1992 disminuyeron un 40% con respecto a 1991, un
tercio de la población había caído en la pobreza y la gente tardaba meses en
cobrar su sueldo.
Paralelamente a este caos social y económico, el
crimen organizado se disparó y surgieron las poderosas mafias rusas, cuya influencia
se ha prolongado hasta nuestros días, controlando los mercados más grandes del
tráfico de personas y destacando en la lucrativa industria del tráfico de
drogas.
Ante esta situación de medidas impopulares, el
parlamento ruso decidió retirar los poderes especiales que le habían otorgado
previamente a Yeltsin. El presidente contestó instaurando un régimen especial
que el tribunal constitucional declaró ilegal. En vistas de una posible destitución
por parte de la cámara legislativa, el 4 de octubre de 1993, Yeltsin tomó la
decisión de disolver el parlamento por la fuerza y de suspender sus funciones
concentrándolas en su persona. Las privatizaciones masivas continuaron en
connivencia con el apoyo de occidente y el capitalismo salvaje terminó
firmemente asentado en la economía rusa.
La vorágine privatizadora que recomendaban los
economistas neoliberales llegó a unos extremos que habría sorprendido al propio
Milton Friedman. Según él, todo era
susceptible de ser privatizado; sin embargo, en sus palabras, "lo único
que no privatizaría serían las fuerzas armadas, los tribunales y algunas
carreteras". El neoliberalismo norteamericano cruzó una de las líneas
rojas de Friedman durante la ocupación estadounidense de Irak. Concedió a
contratistas militares privados tareas de la ocupación del país árabe. La
proporción de mercenarios con respecto a soldados fue aumentando
progresivamente: en 1991, durante la Primera Guerra del Golfo, había 1 contratista
privado por cada 100 soldados americanos; en 2003, cuando dio comienzo la
Guerra de Irak, había 10 mercenarios por cada 100 soldados; en 2006, había 33
contratistas por cada 100 soldados; en 2007, un año después, la razón era de
70:100; en 2008, había más contratistas que soldados en Irak.
En un mundo de creciente pérdida de poder por parte
de los Estados en el que la voluntad democrática de los pueblos queda subyugada
a los mercados económicos, resulta chocante que hasta los ejércitos puedan
llegar a escapar del control gobierno y puedan ser ofrecidos al mejor postor
por una suma de dinero. Queda visto que en
el libre mercado, todo, hasta los servicios básicos de un país (sanidad
y educación) son susceptibles de ser puestos en venta
·
Cultura,
política y sociedad en el neoliberalismo
La transformación que la progresiva aplicación a
escala mundial de las medidas neoliberales hizo en las sociedades, en sus
políticas e incluso en sus culturas ha dado como resultado una situación de
globalización planetaria y se ha iniciado un proceso de homogeneización
cultural y cosmopolitismo.
La deuda pública de los países se ha convertido en
un efectivo impulsor de las medidas privatizadoras neoliberales en algunos
países de la periferia Sur europea gracias a la inferencia de los bancos
centrales de la UE que poseen sus competencias económicas. La pérdida de las mismas
por parte de estos gobiernos ha conducido a una situación en el que la
soberanía nacional es tan escasa que los procesos electorales no son más que
meros concursos de popularidad de los que, sea cual sea el signo político del
resultado, sólo saldrán gobiernos que acaten las demandas de los mercados. Los
casos de España, Portugal, Grecia e Italia han sido muy ejemplificantes acerca
de cómo actúa el capitalismo salvaje y de sus objetivos. A golpe de amenazas de
intervención económica extranjera sobre sus economías se consiguió que los
gobiernos aplicasen medidas de reducción del gasto público en contra de la
voluntad general ciudadana, que ha visto como los beneficios del capital han
primado sobre la libertades positivas en derechos sociales que tantos años de
lucha les costó adquirir.
Por todo ello, podemos decir que el liberalismo
económico está en contra de la democracia ya que, a diferencia del liberalismo
político en el que una persona equivale a un voto, en el económico un voto
equivale a una unidad monetaria, por lo que las personas que posean más dinero
serán las que más poder de decisión tengan y las que harán valer sus exigencias
por encima de las mayorías sociales.
De ese modo, si la democracia liberal claudica en sus potestades económicas y
las deja a merced del poder económico privado, las únicas voluntades que serán
satisfechas serán las de los grandes conglomerados empresariales y grupos de
presión y lo único que prevalecerá será el beneficio económico de los mismos
antes que cuestiones de alto interés social, como la educación, la salud púbica
o el ecologismo.
Las corporaciones y los mercados no necesitan de un golpe de estado para dominar
al gobierno. Las corporaciones ahora son globales y, por ello, los gobiernos
han perdido parte del control sobre ellas, con independencia de que las
corporaciones sean o no de fiar. Hoy en día los gobiernos no tienen el poder
que una vez tuvieron sobre las corporaciones y la influencia que tenían hace 50
o 60 años y eso ha supuesto un cambio: los políticos se han visto impotentes
comparado con la posición en la que se encontraban. El capitalismo hoy manda
sobre las alturas más elevadas y ha desplazado a la política y a los políticos
como los sumos sacerdotes y oligarcas dominantes de nuestro sistema. Así que el
capitalismo y sus principales actores y protagonistas y los presidentes de
corporaciones han obtenido un poder libre de acceso inusual. Con este no es que
se esté negando la importancia del gobierno y de los políticos sino que
aquéllos que ceden a grupos de presión económica son antidemócratas y enemigos
de la soberanía popular.
Sin embargo, el único atentado contra la democracia
no es la sumisión económica de los Estados ante los mercados, sino la
coartación del derecho fundamental de los ciudadanos a ser informados. Durante
los últimos 30 años hemos asistido al proceso de concentración masiva de medios
de comunicación en grandes grupos mediáticos. Como dijo a principios del siglo
XX el periodista británico Gilbert Keith
Chesterton, "hasta nuestros días se ha confiado en los
periódicos como portavoces de la opinión pública. Pero muy recientemente,
algunos nos hemos convencido, y de un modo súbito, que no gradual, de que no
son en absoluto tales. Son, por su misma naturaleza, los juguetes de unos pocos
hombres ricos. El capitalista y el editor son los nuevos tiranos que se han
apoderado del mundo. Ya no hace falta que nadie se oponga a la censura de la
prensa. No necesitamos una censura para la prensa. La prensa misma es la
censura. Los periódicos comenzaron a existir para decir la verdad y hoy existen
para impedir que la verdad se diga". Así pues, sólo los propietarios de los medios
de comunicación tienen el derecho a la libertad de expresión, a ser escuchados,
a que su voz resuene más alto en los altavoces de la sociedad de masas.
Hoy en día casi todos los grandes medios han sido
absorbidos por el poder financiero. Las necesidades constantes de financiación
y liquidez de las empresas de comunicación las convierten en rehenes constantes
de la gran banca. De ese modo, ¿es posible que los medios propiedad de la banca
puedan informar con independencia sobre, por ejemplo, desahucios, pensiones,
preferentes o el rescate bancario? En el mundo de la economía en el que la
información nos llega filtrada por las multinacionales de medios de
comunicación y por el poder de los poderosos anunciantes, ¿quién defenderá
nuestro derecho público a saber y qué precio deberemos pagar por conservar la
capacidad para tomar decisiones bien informados?
"Una de las herramientas utilizadas y más
eficaces para lograr la hegemonía social es el control de los medios de
comunicación, de sus contenidos y de las personas que se expresan en ellos. Y
lo primero que había que hacer era, y es, destruir o reducir a la nada el
sistema inmunológico de la sociedad: el pensamiento crítico. Sin pensamiento
crítico, concebido como método para analizar la estructura y la consistencia de
los hechos, las proposiciones o los razonamientos que en general se aceptan
como ciertos en la vida cotidiana, no hay debate democrático. Sin pensamiento
crítico ni debate democrático, las "verdades" se introducen en el
pensamiento individual y colectivo conformando un pensamiento único,
indiscutido. Sin el debate libre de las ideas, no hay democracia".
Los medios de comunicación de masas tienden a
ideologizar a sus lectores en el pensamiento neoliberal. En Reino Unido, por
ejemplo, se llevan décadas criticando a las empobrecidas clases obreras que
perdieron su trabajo manufacturero bien remunerado durante la reconversión
industrial del thatcherismo. Dicen que en los últimos años ha surgido una
subclase, un residuo de la antigua clase trabajadora que "no
prosperó", llamada "chav". Estos medios se han pasado años
demonizando a esta subclase instalando en la sociedad británica una serie de
estereotipos que la ridiculizaban y justificaban su mísera posición en la
sociedad. Criticar a la clase trabajadora es útil políticamente para el sistema
capitalista porque, de ese modo, se justifica ante las clases menos
desfavorecidas la realización de recortes que afectan severamente a las bases
de la pirámide social. Se quería instaurar en la mentalidad colectiva que los
problemas y las clases sociales eran causadas por el comportamiento individual
de cada uno, sin relacionar las conductas con las situaciones económicas que
vivían las clases trabajadoras. "Es a la vez trágico y absurdo que, a
medida que nuestra sociedad se ha vuelto menos igualitaria y que en los últimos
años los pobres se han vuelto realmente más pobres, el resentimiento hacia los
de abajo ha aumentado claramente".
Es muy cierto que en los últimos 30 años se ha vendido
y fomentado desde la cultura de masas un individualismo exacerbado que ha sido
la base sobre la que construir el pensamiento neoliberal. Se ha dicho que el
éxito económico en la vida depende exclusivamente del esfuerzo personal. Se ha
dicho que vivimos en una meritocracia en la que cada uno tiene lo que le
corresponde en base a lo que uno haya trabajado en su vida. Los gobiernos neolaboristas
y socialistas neokeynesianos de los noventa y dos mil hablaban de crear la, en
palabras de Tony Blair, "mayor clase media de la Historia". Para ello
decían que desde el gobierno se tenía que fomentar la igualdad de
oportunidades. Sin embargo, ¿hasta qué punto es tal esa igualdad si no todos
los ciudadanos viven bajo las mismas condiciones? ¿Hasta qué punto un hijo de
clase trabajadora goza de las mismas oportunidades educativas que un retoño de
la clase media? Por ello, hablar de meritocracia y ascenso social en base al
esfuerzo individual no sería justo ya que no todos parten de las mismas
condiciones. "Según el neolaborismo, en una meritocracia, los que poseen
más "talento" ascenderían de forma natural hasta la
"cúspide". La jerarquía social se conformaría así en función del
"mérito". La sociedad seguiría siendo desigual, pero esas
desigualdades reflejarían diferencias de capacidad". Esto, por supuesto,
sería imposible, pues, para tener una verdadera meritocracia habría que abolir
la riqueza heredada y los colegios privados. Obviamente, el nuevo laborismo no
nunca tuvo ninguna intención de abolir la riqueza heredada ni la educación
privada. Defendía la
"meritocracia" en el seno de una sociedad organizada en favor de la
clase media. La meritocracia acaba convirtiéndose en una sanción oficial de las
desigualdades existentes, redefiniéndolas como merecidas". "La meritocracia
puede acabar siendo utilizada para sostener que los de arriba están ahí porque
lo merecen, mientras que los de abajo simplemente no tienen el talento
suficiente y por lo tanto merecen su suerte." El uso de la palabra
meritocracia en el discurso político tiene unas connotaciones muy
individualistas y se usa para justificar la pobreza. La movilidad social en el
discurso político se ha usado para decirle a la clase trabajadora que tiene
vías para escapar de la pobreza. Es, en definitiva, un recurso discursivo para
evitar abolirla de nuestra sociedad.
Este individualismo fomentado tanto desde los
discursos políticos conservadores neoliberales como desde los medios de masas
ha llegado a configurar una sociedad atomizada que ha sido incapaz de organizarse
políticamente durante años. Se ha desarrollado una sociedad consumista que hace que los individuos estén completamente
disociados unos de otros y cuyo concepto de sí mismos y su sentido del valor
sea el de cuántas necesidades creadas son capaces de satisfacer. Una ciudadanía
sumida en el consumismo, el materialismo y la competitividad desaforada ha sido producto del individualismo, del yo
antes que la sociedad, del egoísmo darwinista que sustenta las desigualdades
sociales y el odio interclasista.
·
Otro
mundo es posible
Con
el planeta azotado por el cambio climático causado por la actividad económica
sin límites, con la desigualdad entre seres humanos creciendo a pasos
agigantados y con la subyugación de muchas economías tercermundistas a la
eterna pobreza de sus deudas nacionales queda preguntarse, ¿es otro mundo
posible?
Focalizándonos
en nuestro entorno inmediato, Europa, debemos plantearnos ¿es esta la Europa
que queremos? ¿Es esta la Europa social y de los pueblos que recogían sus
principios fundacionales? En un mundo globalizado como en el que nos
encontramos, ¿deben los países luchar por recuperar su soberanía? En mi
opinión, a sabiendas de que la globalización es un proceso inevitable, pues la
interconexión global ya es un hecho gracias a las tecnologías de la información
y comunicación y al abaratamiento de los costes del transporte y del comercio
internacional, ésta debe ser llevada a cabo de otra forma. Lo sensato sería
que, en este proceso, los pueblos del mundo tuviesen la posibilidad de dirigir su rumbo
democráticamente y con responsabilidad y cooperación internacional.
Problemas
acuciantes para la humanidad como el Cambio Climático deberían generar un
consenso internacional que dejase de lado los meros beneficios económicos y
tuviese en cuenta principios de sostenibilidad ecológica a largo plazo. Todos
estos objetivos serían claramente irrealizables en el actual marco económico
desregulado en el que la humanidad vive actualmente. Por ello, es de vital importancia
que los pobladores del planeta recuperen la soberanía democrática en cuestiones
de economía, ya que vivir en sociedad conlleva solidaridad y los recursos del
mundo deben estar al servicio de la mayoría de sus habitantes y no de una
oligarquía parásita que destruye pueblos y los esclaviza. Sí, otro mundo es
posible, otro mundo mejor. Su realización dependerá de nosotros.
JB