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martes, 22 de noviembre de 2016

El Mundo Tras los 80: Neoliberalismo y Globalización

El mundo tras los 80:
Neoliberalismo y Multipolaridad

El mundo ha cambiado radicalmente en las tres últimas décadas. Tras el colapso del Bloque del Este y el consiguiente fin de la Guerra Fría, Estados Unidos quedó como única superpotencia y las oportunidades que ante la nación americana se presentaban eran las más favorables desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Mercados enormes se volvían accesibles a las empresas occidentales y un nuevo sistema económico abría paso a la globalización de personas y capitales: el neoliberalismo.

El neoliberalismo se ha convertido en la doctrina económica a seguir por cualquier país que quiera participar activamente en el escenario internacional. Organismos transnacionales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial han promovido en el mundo la aplicación de medidas de libre mercado y la no intervención económica por parte de los estados para asegurar un mercado global estable que garantice el buen rendimiento de las grandes empresas multinacionales y la estabilidad de divisas.

 El neoliberalismo, sistema totalmente opuesto al proteccionismo o intervencionismo estatal, ha tenido importantes consecuencias en la distribución de los sectores económicos y productivos del mundo al producirse la deslocalización de las empresas en los países desarrollados a otros Estados con salarios más bajos y condiciones fiscales más permisivas. Esto ha tenido diversos efectos en las economías poderosas al trasladar el peso de las mismas desde los sectores productivos tradicionales industriales a los terciarios de servicios. El resultado de toda esta dinámica ha sido el aumento del hasta entonces casi desconocido paro obrero, con los derivados problemas sociales que conlleva; el aumento de las desigualdades de ingresos entre los trabajadores "cualificados" y los "no cualificados"; con el resurgimiento de las bolsas de pobreza configurando así el Cuarto Mundo y la pérdida de derechos laborales de los mismos, fruto de la flexibilidad impulsada desde los gobiernos para atraer nuevas inversiones procedentes del mercado global.

En este panorama multipolar de la era posterior a la Guerra Fría las naciones compiten entre sí por atraer a las grandes multinacionales para que inviertan en ellas y así puedan prosperar económicamente. El mundo globalizado requiere de facilidades para el libre comercio y la disputa en el mercado consiste en rebajar lo más posible la presión fiscal sobre las  grandes empresas y fortunas y en flexibilizar las condiciones de contratación y despido.

Sin embargo, este estadio global no se comenzó a fraguar tras la caída del Bloque del Este, sino que ya se venía anticipando en algunos países que adoptaron unas determinadas medidas de libre mercado a ultranza: los llamados "laboratorios" del neoliberalismo, siendo el primero en aplicar la totalidad de sus tesis el Chile del general Augusto Pinochet.

Por otra parte, si nos remontamos más atrás, fue en la época del "Período de Entreguerras", durante la Gran Depresión de los años 30, cuando se acuñó el término del neoliberalismo y con un significado muy distinto al que hoy tiene. El Crack del 29 tuvo una gran influencia en el cambio de mentalidad con respecto al capitalismo que llevó a cabo el pueblo americano. El liberalismo clásico fue puesto en entredicho. La especulación bursátil había desencadenado la más grave crisis de la historia desde el Crack de la Bolsa de Viena del 1873 y entre la intelectualidad política progresista se empezaron a demandar cambios que reformasen el sistema económico. Al margen del comunismo y el fascismo, los autodenominados neoliberales de aquélla época abogaban por una "tercera vía" que diese al estado potestades de control e intervención sobre la economía. Intelectuales liberales de la talla de Walter Lippmann consideraban que el liberalismo laissez- faire había fracasado y que la economía debía ser dirigida y regulada por el estado siempre en un marco de libre mercado. No obstante, no todos los presentes en aquella conferencia estuvieron de acuerdo con esta concepción intervencionista de la economía. 


·         Postulados del pensamiento neoliberal. Hayek, Friedman y la Escuela de Chicago

Friedrich Hayek, economista austriaco de la liberal Escuela de Viena, fue un firme opositor a las tesis keynesianas intervencionistas desde el mismo momento de su discusión en ambientes universitarios. Hayek, en su obra más famosa Camino de Servidumbre, postulaba que este tipo de políticas siempre llevaban al totalitarismo, especialmente el socialismo. Por esta razón, todo proceso político que tienda a controlar y planificar la economía es erróneo y es contrario a las libertades.

Defendía que los precios fuesen producto de la libertad de oferta y demanda, contraponiéndolo a cualquier tipo de planificación, ya que para él, de ese modo, el mercado era el mejor instrumento para distribuir los recursos pero que, si se planificaba, los precios no serían el reflejo de los recursos de un país, ya que estos no resultarían tan eficaces y a largo plazo acabaría siendo contraproducente.

A lo largo del tiempo, Hayek comparó cualquier tipo de planificación con los nazis y los soviéticos, y afirmaba que éste sería el final de la libertad si se aplicaban este tipo de medidas. Desde su punto de vista, son tantos los factores que intervenían en la economía que una planificación efectiva sería imposible, por lo que el sistema de precios era la mejor opción, siempre y cuando fuese un régimen de libre competencia. Cuando algo es muy caro es que es escaso, por lo que se tienen que utilizar las energías y los recursos en función de esa realidad. Hayek, a lo largo de su obra, combatió los postulados económicos planificadores ya que coartaban la libertad individual y dejaban al individuo a merced de las decisiones del Estado, lo que para Hayek era una forma de totalitarismo similar a la que aplicaron los nazis o soviéticos.

Los neoliberales crean un marco teórico, mientras que Keynes busca solucionar problemas concretos de la economía, como las crisis cíclicas y la protección social ante ellas. La realidad es que siempre hay agentes económicos que pueden modificar el precio de forma artificial y romper las condiciones de ese supuesto libre mercado idílico.

Milton Friedman fue la figura más influyente de la Escuela de Chicago. Sus obras y la difusión de las mismas entre las élites políticas fueron decisivas a la hora de configurar el actual marco político-económico global. Friedman logró hacer valer sus ideas en un momento de grave crisis del modelo keynesiano: la crisis del petróleo de 1973. En un período calificado de "estanflacionario" (vocablo compuesto por las palabras estancamiento e inflación), Friedman vio sus predicciones confirmadas: que, al contrario que el keynesianismo que consideraba que el consumo de un periodo dependía exclusivamente del ingreso del mismo periodo, Friedman postuló que este dependía del ingreso permanente, es decir, del ingreso a largo plazo, de las expectativas de los consumidores en la economía.  Los keynesianos defendían que, conforme más aumentase la inflación, conforme más dinero fuese puesto en circulación en la economía, la actividad económica aumentaría. Este planteamiento se vio truncado en 1973 cuando la OPEP subió los precios del petróleo como protesta por la guerra del Yom- Kipur entre Israel y sus vecinos árabes. Esta subida afectó duramente a las economías occidentales, que vieron como los costes de producción de todas sus empresas subían, ya que toda la industria del transporte de mercancías y la mayor parte de las eléctricas dependían del petróleo.  Todo esto provocó un fuerte efecto inflacionista y una reducción de la actividad económica de los países afectados. Fue en esta coyuntura, en esta crisis del modelo keynesiano cuando los hasta entonces excéntricos (pues se oponían al keynesianismo en la llamada Era Dorada del capitalismo) neoliberales como Friedman y Hayek adquirieron importancia. Friedman abogaba por reformas económicas de carácter monetarista, es decir, quería que los gobiernos  limitasen el crecimiento de la oferta monetaria a una tasa constante y moderada logrando de ese modo la estabilidad de los precios y la posibilidad de las empresas de seguir creciendo sin que el dinero perdiese valor, evitando así las crisis cíclicas del capitalismo keynesiano.

Aparte del monetarismo que defendía Friedman, el retorno al liberalismo era otro de los pilares fundamentales de su ideología y para ello se debían aplicar las siguientes medidas en pos de conseguir un libre mercado desregularizado:

§   Libertad absoluta de mercados: limitando la reglamentación e intervención estatal al mínimo, desregulando los mercados en especial el financiero, e impulsando el abandono de criterios de sustentabilidad ecológica a favor de criterios de rentabilidad.
§  Privatización o liquidación de los servicios y monopolios estatales.
§  Intervención sobre las variables macroeconómicas para evitar déficits presupuestarios y comerciales, reducción de inversiones sociales.
§  Contención de los salarios en busca de un competitividad internacional y aumentar la tasa de ganancia del capital.
§  Contrarreforma fiscal, aumentando los impuestos indirectos, principalmente sobre el consumo (IVA) y disminuyendo los directos sobre los ingresos altos; promoción de políticas fiscales atractivas para el capital financiero internacional especulativo.
§  Promoción del comercio orientado hacia las exportaciones.

·       Terapia de choque. Chile, EEUU, Reino Unido y Rusia

Friedman asesoró al presidente Richard Nixon en asuntos económicos, sin embargo, sus propuestas no fueron seguidas por el presidente republicano ya que una política económica restrictiva resultaría impopular para su candidatura en las inminentes elecciones presidenciales, por lo que aplicó políticas expansivas keynesianas.
Parecía que las ideas de la Escuela de Chicago nunca llegaban a implementarse hasta que subió al poder en Chile Augusto Pinochet en un golpe de Estado en 1973. Se derrocó a Salvador Allende, presidente democráticamente electo que siguió una senda socialista que incluía la nacionalización de ciertos sectores mineros, como la industria del cobre, hasta entonces propiedad de grandes multinacionales norteamericanas. Estas decisiones chocaron con los intereses estadounidenses, que auspiciaron un golpe de estado militar por medio de la financiación y coordinación de la CIA.

Una vez asentado en el poder, el nuevo gobierno se rodeó de asesores chilenos que habían estudiado en la Escuela de Chicago bajo las enseñanzas de Milton Friedman (entre otros) y los principios neoliberales fueron por primera vez aplicados. Los "Chicago Boys", apelativo que se les dio a estos jóvenes economistas, redactaron un extenso documento denominado "El Ladrillo" que reunía las políticas económicas que el gobierno habría de aplicar con el fin de resolver la crisis en la que el país se veía envuelto. Friedman se reunió con Pinochet el 21 de abril de 1975 y le propuso dos soluciones a la crisis por la que pasaba el país. Haciendo una analogía médica de la situación, le propuso dos soluciones: la primera consistía en una recuperación lenta del paciente (Chile), con la opinión de Friedman de que éste, de tanto esperar, podría morir. La segunda propuesta abogaba por darle al paciente un tratamiento de "shock" (reforma de choque) para revitalizarlo. Según la opinión de Friedman, los duros cambios estructurales (reducir el gasto público en un 20%, despedir al 30% de los empleados públicos, aumentar el IVA, privatizar y liquidar las empresas estatales y liquidar los sistemas de ahorro y de préstamos de vivienda) producirían inicialmente un daño muy grave pero, a la larga, permitirían mejorar la economía chilena.

Finalmente, la Junta Militar se inclinó por la opinión de los monetaristas y se aplicó el tratamiento de choque, en oposición a la opinión de los economistas clásicos keynesianos.

Durante un tiempo, las medidas reactivaron la economía a la par que las desigualdades sociales se acentuaron. Los efectos iniciales en la economía chilena fueron graves. El PGB (Producto Geográfico Bruto) cayó en un 12% (es decir, la cantidad de productos y servicios producidos por Chile disminuyó y aumentó su dependencia económica con el exterior), la tasa de desempleo creció hasta el 16%, y el valor de las exportaciones se redujo en un 40%. Pero el sistema se empezó a afianzar a partir de 1977, iniciándose lo que se ha llamado el "boom", con cifras positivas en muchos ámbitos, pero con una constante alta tasa de desempleo, siempre cercana al 20%, debido entre otras cosas, a los despidos masivos de empleados públicos, de funcionarios de las empresas privatizadas y la pérdida de empleo en los sectores manufacturero y exportador debido a las políticas cambiarías y de apertura de la economía.

Finalmente, el "boom" económico chileno se truncó en la crisis de 1982, contraviniendo la tesis de Friedman que afirmaba que la estabilidad monetaria lograría acabar con las crisis cíclicas del capitalismo.

Milton Friedman siempre afirmó que, en un marco de libertad económica real, los regímenes dictatoriales acabarían por desaparecer. Decía que la democracia y el capitalismo iban estrechamente ligados a pesar de que, en los años 70, los únicos Estados que aplicaban esas medidas fueron países dictatoriales de América Latina. El Chile del general Pinochet fue la primero de ellos, seguida por la participación de ministros de economía friedmanitas en la dictadura cívico-militar de Uruguay y continuada por la dictadura militar de Rafael Videla en Argentina. Quedaba patente que las medidas económicas de la terapia de choque resultaban claramente impopulares y que eran muy complicadas de aplicar en sistemas democráticos que requiriesen un consenso político. Sin embargo, en 1979 la declarada friedmanita Margaret Thatcher consiguió mediante las urnas residir en el nº10 de Dowing Street y dirigir el Reino Unido. Un año después lo lograría otro neoliberal en la Casa Blanca: Ronald Reagan. Comenzaba la construcción del Nuevo Orden Mundial.    

·       El neoliberalismo en democracia. Reagan y Thatcher

La llegada al poder democrático de Ronald Reagan y Margaret Thatcher trastocó el antiguo orden mundial en todos sus ámbitos. No sólo cambió el sistema económico capitalista, sino que el mandato de ambos presidentes y su política de dureza y firmeza contra el comunismo hizo que su principal valedor, la Unión Soviética, se derrumbase y plegase a las doctrinas del capitalismo más salvaje. La revolución neoliberal también afectó a la propia política interna de los países industrializados, sobre todo, a los partidos tradicionales de izquierdas que  tuvieron que claudicar de sus ideas y adaptarse a las circunstancias llevando a cabo una política pragmática cuyos únicos esfuerzos se centraban en paliar los efectos sociales más severos del neoliberalismo. Tan brusco fue el cambio que dieron que, cuando en una entrevista concedida a Margaret Thatcher pocos años antes de su muerte le preguntaron acerca de cuál consideraba que había sido su mayor éxito político, ésta contestó que Tony Blair y Gordon Brown. Blair y Brown, políticos del neolaborismo con los que consideraba que, gracias a su propia gestión en el gobierno en los años 80, podría ponerse de acuerdo en términos económicos. Thatcher había conseguido transformar el tablero político británico gracias a sus reformas. La revolución conservadora había triunfado.

El programa económico con el que Margaret Thatcher llegó al poder se basaba en varios puntos: recortar el gasto público, bajar los impuestos, reducir el número de empresas estatales o paraestatales, desregular la industria e instaurar una política monetaria de carácter moderado y restrictivo para combatir la inflación. Los primeros intentos de Thatcher por aplicar sus reformas se vieron respondidos por intensas huelgas obreras dirigidas por los sindicatos. La acción sindical fue el mayor enemigo de la primera ministra, por lo que focalizó sus esfuerzos en combatir las capacidades de presión que éstos ejercían sobre el gobierno. Poco a poco, a lo largo de su mandato, fue recortando competencias a los sindicatos, dejando a la clase obrera sin capacidad de defensa ante las decisiones que se iban tomando en el parlamento.

En el primer mandato de Thatcher, sus índices de popularidad fueron bajando conforme el paro aumentaba y las fábricas cerraban por la deslocalización industrial. A pocos meses de las elecciones que decidirían su reelección y su más que probable derrota, una crisis nacional acudió en su ayuda: la Guerra de las Malvinas. La invasión por parte de la dictadura militar argentina del archipiélago atlántico-austral le dio a la "Dama de Hierro"  la legitimidad popular necesaria. La victoria total británica en la contienda se tradujo con la suficiente mayoría parlamentaria para poder aplicar las medidas de la terapia de choque.

En su segundo mandato, Thatcher sufrió la mayor huelga sindical de la Historia británica desde 1926. El cierre de enormes minas públicas desencadenó una serie de protestas obreras que se prolongaron durante más de un año y que terminaron con la claudicación del sindicato a las demandas del gobierno y con la anulación de casi todo el poder del que antaño gozaron los sindicatos. Thatcher aprovechó esta victoria para llevar a cabo las grandes privatizaciones de las empresas rentables del sector público: se vendió la industria del acero, el agua, la electricidad, el gas, el teléfono, las aerolíneas, el petróleo... Privatizó las viviendas públicas, salieron a concurso los servicios municipales y, finalmente, en 1986, se desregularon los servicios financieros y la banca. Se le llamó "El Big Bang", el comienzo de una nueva era, una era de libre mercado y un adelgazamiento del poder económico de los estados.
Medidas similares adoptó al otro lado del Atlántico Ronald Reagan con, eso sí, menos privatizaciones debido a que el sector público estadounidense nunca se desarrolló hasta los altos estándares europeos. Sin embargo, al igual que Thatcher, redujo el gasto público en protección social, así como los impuestos sobre la renta e impuestos sobre las ganancias de capital, desregularizó las actividades económicas en general y el financiero en particular, medida que suscitó polémica debido a que aún seguía vivo el fantasma de la crisis bursátil de 1929 provocada por la actividad financiera sin límites. Como producto de esta liberalización y desregulación de los mercados, las crisis financieras se multiplicaron, sucediendo la primera de ellas en 1987, conocida como el "Lunes Negro", una de las peores crisis bursátiles de la Historia. Otra muy devastadora sacudió los merados asiáticos en 1997; en el 2000, la Crisis de las puntocom arruinó a muchas empresas tecnológicas; por último, la crisis más devastadora de la Historia del capitalismo desde el Crack del 29, crisis de la que aún hoy, en 2016, padecemos sus efectos, se dio en el 2007, es conocida como la Gran Recesión y fue provocada por la burbuja inmobiliaria mundial y la economía especulativa financiera de alto riesgo que concedía hipotecas a personas que no podían costeárselas y se vendían como productos financieros rentables entre entidades bancarias.

Todas estas reformas emprendidas por Reagan y Thatcher resultaron impopulares para un gran sector de la población; sin embargo, su hábil manejo de las relaciones con Rusia y la predisposición de Gorbachov a entablar relaciones colocaron a ambos dirigentes anglosajones en el pedestal de los adalides de la democracia a ojos de la opinión pública al conseguir que Gorbachov emprendiese reformas democratizadoras.

Finalmente, ya con ambos líderes fuera del poder, como si de un regalo navideño se tratase, el 25 de diciembre de 1991 se disolvió la Unión Soviética y los restos de lo que quedaba del antiguo Bloque del Este se desmoronaron rápidamente y abrazaron la economía de mercado.

Gorbachov pretendía instaurar un modelo mixto a caballo entre el libre mercado y el comunismo, una suerte de socialdemocracia a la escandinava. Sin embargo, cuando se reunía con los líderes del G7 en la cumbres, estos le decían que tenía que aplicar la terapia de choque si quería recibir ayuda internacional, de manera que debían ser reformas radicales en lugar de graduales como pretendía Gorbachov. Cuando el máximo dirigente de la Unión Soviética sufrió un golpe Estado por parte de los sectores duros del PCUS, Boris Yeltsin, presidente de la Federación Rusa, detuvo la intentona. Este acto le sirvió para fortalecer su posición en el parlamento y, tras la disolución de la Unión Soviética, asumir la presidencia y la política económica de la Federación Rusa.

La llegada del libre mercado a Rusia llegó de la mano de Boris Yeltsin, quien las aplicó bajo la batuta de sus consejeros: los Chicago Boys rusos. Dio comienzo el mayor proceso de privatización en la Historia de la humanidad. Todo un conglomerado de empresas públicas (toda la economía soviética) fue puesta en venta a precios de saldo. Grandes empresas cuyo coste real sería de billones de dólares fueron vendidas por centenares de miles a personas con contactos privilegiados y bien relacionadas con las cúpulas de poder del antiguo régimen soviético. Esta red clientelar, dio lugar a una serie de empresarios multimillonarios con un gran poder económico y político: los llamados oligarcas. La economía rusa sufría, los índices de consumo de la población en 1992 disminuyeron un 40% con respecto a 1991, un tercio de la población había caído en la pobreza y la gente tardaba meses en cobrar su sueldo.

Paralelamente a este caos social y económico, el crimen organizado se disparó y surgieron las poderosas mafias rusas, cuya influencia se ha prolongado hasta nuestros días, controlando los mercados más grandes del tráfico de personas y destacando en la lucrativa industria del tráfico de drogas.

Ante esta situación de medidas impopulares, el parlamento ruso decidió retirar los poderes especiales que le habían otorgado previamente a Yeltsin. El presidente contestó instaurando un régimen especial que el tribunal constitucional declaró ilegal. En vistas de una posible destitución por parte de la cámara legislativa, el 4 de octubre de 1993, Yeltsin tomó la decisión de disolver el parlamento por la fuerza y de suspender sus funciones concentrándolas en su persona. Las privatizaciones masivas continuaron en connivencia con el apoyo de occidente y el capitalismo salvaje terminó firmemente asentado en la economía rusa.

La vorágine privatizadora que recomendaban los economistas neoliberales llegó a unos extremos que habría sorprendido al propio Milton Friedman.  Según él, todo era susceptible de ser privatizado; sin embargo, en sus palabras, "lo único que no privatizaría serían las fuerzas armadas, los tribunales y algunas carreteras". El neoliberalismo norteamericano cruzó una de las líneas rojas de Friedman durante la ocupación estadounidense de Irak. Concedió a contratistas militares privados tareas de la ocupación del país árabe. La proporción de mercenarios con respecto a soldados fue aumentando progresivamente: en 1991, durante la Primera Guerra del Golfo, había 1 contratista privado por cada 100 soldados americanos; en 2003, cuando dio comienzo la Guerra de Irak, había 10 mercenarios por cada 100 soldados; en 2006, había 33 contratistas por cada 100 soldados; en 2007, un año después, la razón era de 70:100; en 2008, había más contratistas que soldados en Irak.

En un mundo de creciente pérdida de poder por parte de los Estados en el que la voluntad democrática de los pueblos queda subyugada a los mercados económicos, resulta chocante que hasta los ejércitos puedan llegar a escapar del control gobierno y puedan ser ofrecidos al mejor postor por una suma de dinero. Queda visto que en  el libre mercado, todo, hasta los servicios básicos de un país (sanidad y educación) son susceptibles de ser puestos en venta

·         Cultura, política y sociedad en el neoliberalismo

La transformación que la progresiva aplicación a escala mundial de las medidas neoliberales hizo en las sociedades, en sus políticas e incluso en sus culturas ha dado como resultado una situación de globalización planetaria y se ha iniciado un proceso de homogeneización cultural y cosmopolitismo.

La deuda pública de los países se ha convertido en un efectivo impulsor de las medidas privatizadoras neoliberales en algunos países de la periferia Sur europea gracias a la inferencia de los bancos centrales de la UE que poseen sus competencias económicas. La pérdida de las mismas por parte de estos gobiernos ha conducido a una situación en el que la soberanía nacional es tan escasa que los procesos electorales no son más que meros concursos de popularidad de los que, sea cual sea el signo político del resultado, sólo saldrán gobiernos que acaten las demandas de los mercados. Los casos de España, Portugal, Grecia e Italia han sido muy ejemplificantes acerca de cómo actúa el capitalismo salvaje y de sus objetivos. A golpe de amenazas de intervención económica extranjera sobre sus economías se consiguió que los gobiernos aplicasen medidas de reducción del gasto público en contra de la voluntad general ciudadana, que ha visto como los beneficios del capital han primado sobre la libertades positivas en derechos sociales que tantos años de lucha les costó adquirir.

Por todo ello, podemos decir que el liberalismo económico está en contra de la democracia ya que, a diferencia del liberalismo político en el que una persona equivale a un voto, en el económico un voto equivale a una unidad monetaria, por lo que las personas que posean más dinero serán las que más poder de decisión tengan y las que harán valer sus exigencias por encima de las mayorías sociales. De ese modo, si la democracia liberal claudica en sus potestades económicas y las deja a merced del poder económico privado, las únicas voluntades que serán satisfechas serán las de los grandes conglomerados empresariales y grupos de presión y lo único que prevalecerá será el beneficio económico de los mismos antes que cuestiones de alto interés social, como la educación, la salud púbica o el ecologismo.

Las corporaciones y los mercados no  necesitan de un golpe de estado para dominar al gobierno. Las corporaciones ahora son globales y, por ello, los gobiernos han perdido parte del control sobre ellas, con independencia de que las corporaciones sean o no de fiar. Hoy en día los gobiernos no tienen el poder que una vez tuvieron sobre las corporaciones y la influencia que tenían hace 50 o 60 años y eso ha supuesto un cambio: los políticos se han visto impotentes comparado con la posición en la que se encontraban. El capitalismo hoy manda sobre las alturas más elevadas y ha desplazado a la política y a los políticos como los sumos sacerdotes y oligarcas dominantes de nuestro sistema. Así que el capitalismo y sus principales actores y protagonistas y los presidentes de corporaciones han obtenido un poder libre de acceso inusual. Con este no es que se esté negando la importancia del gobierno y de los políticos sino que aquéllos que ceden a grupos de presión económica son antidemócratas y enemigos de la soberanía popular.

Sin embargo, el único atentado contra la democracia no es la sumisión económica de los Estados ante los mercados, sino la coartación del derecho fundamental de los ciudadanos a ser informados. Durante los últimos 30 años hemos asistido al proceso de concentración masiva de medios de comunicación en grandes grupos mediáticos. Como dijo a principios del siglo XX el periodista británico Gilbert Keith Chesterton, "hasta nuestros días se ha confiado en los periódicos como portavoces de la opinión pública. Pero muy recientemente, algunos nos hemos convencido, y de un modo súbito, que no gradual, de que no son en absoluto tales. Son, por su misma naturaleza, los juguetes de unos pocos hombres ricos. El capitalista y el editor son los nuevos tiranos que se han apoderado del mundo. Ya no hace falta que nadie se oponga a la censura de la prensa. No necesitamos una censura para la prensa. La prensa misma es la censura. Los periódicos comenzaron a existir para decir la verdad y hoy existen para impedir que la verdad se diga".  Así pues, sólo los propietarios de los medios de comunicación tienen el derecho a la libertad de expresión, a ser escuchados, a que su voz resuene más alto en los altavoces de la sociedad de masas.

Hoy en día casi todos los grandes medios han sido absorbidos por el poder financiero. Las necesidades constantes de financiación y liquidez de las empresas de comunicación las convierten en rehenes constantes de la gran banca. De ese modo, ¿es posible que los medios propiedad de la banca puedan informar con independencia sobre, por ejemplo, desahucios, pensiones, preferentes o el rescate bancario? En el mundo de la economía en el que la información nos llega filtrada por las multinacionales de medios de comunicación y por el poder de los poderosos anunciantes, ¿quién defenderá nuestro derecho público a saber y qué precio deberemos pagar por conservar la capacidad para tomar decisiones bien informados?

"Una de las herramientas utilizadas y más eficaces para lograr la hegemonía social es el control de los medios de comunicación, de sus contenidos y de las personas que se expresan en ellos. Y lo primero que había que hacer era, y es, destruir o reducir a la nada el sistema inmunológico de la sociedad: el pensamiento crítico. Sin pensamiento crítico, concebido como método para analizar la estructura y la consistencia de los hechos, las proposiciones o los razonamientos que en general se aceptan como ciertos en la vida cotidiana, no hay debate democrático. Sin pensamiento crítico ni debate democrático, las "verdades" se introducen en el pensamiento individual y colectivo conformando un pensamiento único, indiscutido. Sin el debate libre de las ideas, no hay democracia".

Los medios de comunicación de masas tienden a ideologizar a sus lectores en el pensamiento neoliberal. En Reino Unido, por ejemplo, se llevan décadas criticando a las empobrecidas clases obreras que perdieron su trabajo manufacturero bien remunerado durante la reconversión industrial del thatcherismo. Dicen que en los últimos años ha surgido una subclase, un residuo de la antigua clase trabajadora que "no prosperó", llamada "chav". Estos medios se han pasado años demonizando a esta subclase instalando en la sociedad británica una serie de estereotipos que la ridiculizaban y justificaban su mísera posición en la sociedad. Criticar a la clase trabajadora es útil políticamente para el sistema capitalista porque, de ese modo, se justifica ante las clases menos desfavorecidas la realización de recortes que afectan severamente a las bases de la pirámide social. Se quería instaurar en la mentalidad colectiva que los problemas y las clases sociales eran causadas por el comportamiento individual de cada uno, sin relacionar las conductas con las situaciones económicas que vivían las clases trabajadoras. "Es a la vez trágico y absurdo que, a medida que nuestra sociedad se ha vuelto menos igualitaria y que en los últimos años los pobres se han vuelto realmente más pobres, el resentimiento hacia los de abajo ha aumentado claramente".

Es muy cierto que en los últimos 30 años se ha vendido y fomentado desde la cultura de masas un individualismo exacerbado que ha sido la base sobre la que construir el pensamiento neoliberal. Se ha dicho que el éxito económico en la vida depende exclusivamente del esfuerzo personal. Se ha dicho que vivimos en una meritocracia en la que cada uno tiene lo que le corresponde en base a lo que uno haya trabajado en su vida. Los gobiernos neolaboristas y socialistas neokeynesianos de los noventa y dos mil hablaban de crear la, en palabras de Tony Blair, "mayor clase media de la Historia". Para ello decían que desde el gobierno se tenía que fomentar la igualdad de oportunidades. Sin embargo, ¿hasta qué punto es tal esa igualdad si no todos los ciudadanos viven bajo las mismas condiciones? ¿Hasta qué punto un hijo de clase trabajadora goza de las mismas oportunidades educativas que un retoño de la clase media? Por ello, hablar de meritocracia y ascenso social en base al esfuerzo individual no sería justo ya que no todos parten de las mismas condiciones. "Según el neolaborismo, en una meritocracia, los que poseen más "talento" ascenderían de forma natural hasta la "cúspide". La jerarquía social se conformaría así en función del "mérito". La sociedad seguiría siendo desigual, pero esas desigualdades reflejarían diferencias de capacidad". Esto, por supuesto, sería imposible, pues, para tener una verdadera meritocracia habría que abolir la riqueza heredada y los colegios privados. Obviamente, el nuevo laborismo no nunca tuvo ninguna intención de abolir la riqueza heredada ni la educación privada.  Defendía la "meritocracia" en el seno de una sociedad organizada en favor de la clase media. La meritocracia acaba convirtiéndose en una sanción oficial de las desigualdades existentes, redefiniéndolas como merecidas". "La meritocracia puede acabar siendo utilizada para sostener que los de arriba están ahí porque lo merecen, mientras que los de abajo simplemente no tienen el talento suficiente y por lo tanto merecen su suerte." El uso de la palabra meritocracia en el discurso político tiene unas connotaciones muy individualistas y se usa para justificar la pobreza. La movilidad social en el discurso político se ha usado para decirle a la clase trabajadora que tiene vías para escapar de la pobreza. Es, en definitiva, un recurso discursivo para evitar abolirla de nuestra sociedad.

Este individualismo fomentado tanto desde los discursos políticos conservadores neoliberales como desde los medios de masas ha llegado a configurar una sociedad atomizada que ha sido incapaz de organizarse políticamente durante años. Se ha desarrollado una sociedad consumista que hace que los individuos estén completamente disociados unos de otros y cuyo concepto de sí mismos y su sentido del valor sea el de cuántas necesidades creadas son capaces de satisfacer. Una ciudadanía sumida en el consumismo, el materialismo y la competitividad desaforada  ha sido producto del individualismo, del yo antes que la sociedad, del egoísmo darwinista que sustenta las desigualdades sociales y el odio interclasista.


·      Otro mundo es posible

Con el planeta azotado por el cambio climático causado por la actividad económica sin límites, con la desigualdad entre seres humanos creciendo a pasos agigantados y con la subyugación de muchas economías tercermundistas a la eterna pobreza de sus deudas nacionales queda preguntarse, ¿es otro mundo posible?

Focalizándonos en nuestro entorno inmediato, Europa, debemos plantearnos ¿es esta la Europa que queremos? ¿Es esta la Europa social y de los pueblos que recogían sus principios fundacionales? En un mundo globalizado como en el que nos encontramos, ¿deben los países luchar por recuperar su soberanía? En mi opinión, a sabiendas de que la globalización es un proceso inevitable, pues la interconexión global ya es un hecho gracias a las tecnologías de la información y comunicación y al abaratamiento de los costes del transporte y del comercio internacional, ésta debe ser llevada a cabo de otra forma. Lo sensato sería que, en este proceso, los pueblos del mundo tuviesen la posibilidad de dirigir su rumbo democráticamente y con responsabilidad y cooperación internacional.

Problemas acuciantes para la humanidad como el Cambio Climático deberían generar un consenso internacional que dejase de lado los meros beneficios económicos y tuviese en cuenta principios de sostenibilidad ecológica a largo plazo. Todos estos objetivos serían claramente irrealizables en el actual marco económico desregulado en el que la humanidad vive actualmente. Por ello, es de vital importancia que los pobladores del planeta recuperen la soberanía democrática en cuestiones de economía, ya que vivir en sociedad conlleva solidaridad y los recursos del mundo deben estar al servicio de la mayoría de sus habitantes y no de una oligarquía parásita que destruye pueblos y los esclaviza. Sí, otro mundo es posible, otro mundo mejor. Su realización dependerá de nosotros.

                                                                   
                                                                     JB